sábado, 14 de diciembre de 2013

Realmente sueño



Quiero saber si sigues existiendo, o si sólo fuiste fruto de mi imaginación. De esa imaginación que busca casualidades, patrones y razones para el sentido de cada palabra pronunciada, escrita o pensada. 

Sigo paseando, esperando verte en cada camino no ortogonal que cruce al mío y te unas a mi paso por un tiempo. Tiempo causal al mío, tiempo para recordar hasta nuestro próximo reencuentro inolvidable, tiempo en el que te distinga de mis sueños.

Tengo que hacerte de mi vida real, darme cuenta de tus errores, inquietudes humanas y  acercarte más a mis ilusiones cotidianas. Pero, ¿Lo especial y verdadero pueden ser la misma cosa? ¿No pierde lo extraordinario cuando se hace empírico, verificable como el resto de nuestro mundo? ¿Y si sólo pudieras ser sueño real por un día?

Los sueños reales son medibles a pequeñas escalas. Son mágicos y ciertos, ocurren y se disfrutan hasta la última gota, como lo hace el recién rescatado del desierto con su primera botella de agua. Son deseos reales que pueden durar para siempre.

¿Habrá merecido la pena ese breve sueño real, a pesar de encontrarnos una vez más sedientos? ¿Habrá merecido la pena obtenerlo si luego volvemos de nuevo al desierto? 

 Ahora tengo claro que fuiste soñado; intuido y creado en esas últimas horas de la noche, resultado de esos días exhaustos que manejan mi rutina. Tu imagen se difumina al ritmo en el que mis pies tocan el suelo frío de la mañana y mi mente queda ocupada por las preocupaciones diarias, tan comunes como insulsas.

    ¿Este fue nuestro primer cruce? ¿Te encontraré de nuevo? 

    Seguiré buscando mi sueño real. Gracias por caminar conmigo.

viernes, 18 de octubre de 2013

Hola Francisco,

10-05-2023

se que hace años que no hablamos, pero este momento me parecía igual de bueno que cualquier otro, (“¿Cómo explicarías que una flor florezca un día determinado y no otro?”). Creo que la última vez fue aquel día que estuve por Sevilla para ver Les Luthiers (qué geniales son), pero que las circunstancias hicieron imposible que nos viéramos. Parece que estamos destinados a que nuestras vidas no se vuelvan a encontrar.

      ¿Conoces “La Ignorancia” de Milan Kundera? En esta obra Kundera analiza con una serie de historias como al marcharte de un lugar, nunca se vuelve a sentir de la misma manera. Tu sensación al volver, al revivir la ciudad, tu relación con las personas que dejaste atrás, aunque todo siguiera aparentemente igual, nunca será lo mismo. Un evento es recordado por cada uno con pedazos de la historia, con distintas sensaciones y resúmenes de lo sucedido. En un reencuentro traeríamos con nosotros esos pedazos corrompidos por el tiempo, imágenes falsas de lo que eran esas personas; por eso nos parece un milagro cuando podemos afirmar que “tantos años sin hablar, y es como si nos viéramos todos los días”. Esto no significa que no hayamos cambiado, eso es imposible, pero hay algo que ambos hemos mantenido, y es la curiosidad o cariño por el otro. Del mismo modo, el conjunto de casualidades que hicieron posible nuestra amistad y esa convivencia de unos días, no se van a volver a repetir, nunca podremos volver a encontrarnos por los pasillos, ni desayunar juntos en ese gran comedor, al menos, no como lo hicieron nuestros yos del pasado, no con la naturalidad de la monotonía.

A lo largo de estos años, al encontrarme con antiguas amistades he experimentado tres situaciones diferentes:
   1. Encuentros esporádicos e incómodos, personas desconocidas que conocen demasiados detalles de una época pasada.
   2. Reencuentros para revivir lo pasado y alimentar la nostalgia, que terminan con esa sensación de irrecuperabilidad, de una amistad ya perdida.
   3. Descubres de nuevo a otra persona, con la que tienes tanto o más en común que la última vez, y que el tiempo sólo ha hecho que ese breve reencuentro sea insuficiente.

     Perder el contacto, es arriesgarse en dos tercios a perder esa amistad.
 Por eso, a pesar de los años que pasen, cuando voy a tu ciudad me gusta llamarte.

     No te he preguntado, ¿Qué tal tu mujer y tus hijas? ¿Continuaste adelante con lo de la empresa? ¿Sigues tocando la guitarra?
     Espero que nos veamos pronto.
Un abrazo,

Dors





lunes, 23 de septiembre de 2013

Buena suerte y gracias


 ¡Ya soy licenciada en Física!




 Este blog lo comencé en mi segundo año de carrera, aún me estaba adaptando a la ciudad de Granada. Hace poco comenté mis dudas de futuro y el apoyo que he tendido[1]. Hoy hago constar, que ya no soy sólo un proyecto de física, soy una física de verdad (como Pinocho al final del cuento) y además, que a pesar de todos los obstáculos, opiniones negativas y mis notas mediocres, voy camino de conseguir lo que buscaba. Este año es de nuevo, uno de cambios, de adaptación a la independencia y empezar mis primeros pasos en la investigación.

 Mucho ánimo a todos aquellos que dudáis de vuestras posibilidades, las cosas son posibles con la buena suerte[2], la suerte que se busca.

 En este momento me apetece agradecer cosas. No se por qué, puede ser por las buenas noticias, o puede ser porque un amigo me ha puesto en los agradecimiento de su proyecto de fin de carrera, y como en física no hay de eso, me haya sentido, además de honrada, algo envidiosa por tener ese hueco al terminar su ingeniería.

 Dar las gracias puede convertirse en algo interminable, o que al final acabe en el origen de todo, así que gracias a mis padres por darme la vida. Pero quiero que sea algo más, y para centrarnos, me centraré en este año y esas personas claves.

 Mi familia, primos, tíos, me apoyan, mi madre me soporta y me comprende, mi padre espera lo mejor valorando incluso lo peor, mi hermana vive mis alegrías y tristezas, mis hermanos me escuchan, me enseñan, me ayudan a crecer. Mi abuela me muestra como se puede vivir una vida feliz, dando felicidad e importancia a lo que se debe. Es increíble tenerlos y lo incondicional que es su amor, siempre he sido consciente de la suerte que tengo.

 Este año además he tenido una encrucijada interna y externa, búsqueda de un futuro[3], y he vivido en una ciudad casi vacía de las personas con las que empecé en su día a vivirla. Pero he tenido la confianza, el respeto y la generosidad de amigos como Jose Luis, esa maravillosa persona que me enseña a ser más modesta, porque a pesar de lo buena que me dice que soy, él es mucho mejor. De Santi, con el que me he sentido tan identificada, ayudándonos mutuamente y que me ayuda a no olvidar ciertas visiones de la realidad.

Mis amigos más cercanos, que han estado a kilómetros de distancia este año. Migue, dando siempre ese ánimo al estudio y a seguir a delante. Pedro, con su incomprensible cualidad para saber en cada momento que decirme, escuchar, entenderme, y saber que consejo darme o no darme.

Aquellos que están en mi ciudad natal, que da igual cuantos años pasen, por ahora unos diez, pero que siempre podré contar con ellos y tener ese vínculo especial. Javi con su franqueza que solo la experiencia de los años de amistad pueden dar. Cristina, siendo de las pocas chicas que pueden conquistar mi corazón, para esa amistad que permite pedir de rodillas romearse[4] con una (xD). Pablo, que es Pablo, aunque pasen años sin vernos siempre podremos llamarnos y decir: Cómo mola Pablo, Pablo mola mucho.

Víctor y Paco , que están al otro lado del teléfono, del facebook o lo que pillemos, para quejarnos del sistema, contarnos nuestros planes para conquistar el mundo o simplemente decir tonterías con gracia.

Esas personas inesperadas que llenan tu año. Guillermo, haciendo mi rutina más divertida. Hiroshi, siendo un gran vecino y mejor persona. Paolo, con su ayuda que ni en varias vidas podría pagárselas, al que debo, en gran medida, mi futuro a partir de ahora. Francisco, otro de los que debo parte de mi futuro, además de más de una carcajada o sonrisa en momentos de necesidad. Antonio B. con su postura imponente que cuando te valora, te lo crees y te da ese empujón para seguir adelante, incluso una colleja dialéctica si es necesario.

Por supuesto, los nuevos de este curso, que me han abierto sus brazos en la ciudad de Córdoba, como Dave, Belén, Paco, Mari Cruz, sus familias y amigos, con los que es fácil sentirse una más.

Los compañeros de este último sprint, acompañantes de bibliotecas, que han hecho mi jornada de estudio menos pesada, Rebeca, Antonio S. y Ángela.

Y con mención especial a Jesús, invitándome a la aventura, mostrándome una forma diferente de caminar (sentido literal y figurado), valorándome más de lo que esperaba. Que ha tenido que aguantar mis cambios de ánimos, mis miedos racionales o irracionales, y que por ahora sufrirá también a donde me lleven los nuevos muros que pueda cruzar[5].

     ¡Muchas gracias a TODOS, los nombrados y los no nombrados, sois todos geniales!



[2] La buena suerte
[1],[3],[5] ¿Y ahora qué?
[4] Definición de romearse: Ir a Roma a ver a un amigo jesuita.

martes, 4 de junio de 2013

¿Ahora qué?


        Siempre he mirado con envidia a aquellos compañeros y amigos que desde pequeñitos sabían qué querían. Estaba aquel que llevaba toda su vida con un telescopio debajo del brazo y hacer física era el paso lógico para ser astrofísico; o el que llegó a la carrera con la mitad de primero aprendido por su cuenta; o esos dos que siempre estaban dibujando para ser arquitecto o diseñador gráfico.

        Nunca me he considerado de este grupo selecto, no me he formado por adelantado, y aunque siempre me han gustado las matemáticas y las ciencias, tampoco le he hecho ascos a la filosofía o a la historia, así que aparte de hacer mis ejercicios y estudiar correctamente, en el colegio nunca fui más allá. Es cierto que a la hora de elegir ciencias o letras, lo tenía claro, y con la ayuda de un querido profesor, me decidí por la física, dejando de lado mis otras dos posibilidades.

        Esta carrera me ha dado muchas alegrías y desesperaciones, pero casi en un noventa por ciento he tenido claro que era lo que quería hacer. Año tras año me convencía más de que estaba siguiendo el camino correcto, que quería dedicarme a la física e INVESTIGAR. Lo más curioso de todo, empezaba a sentir ese, diremos que vocación, que antes no había sentido, pero que había reconocido y envidiado.

¿Ahora qué?
        Estoy terminando la carrera, me gustaría hacer un doctorado para seguir mi formación en la investigación, porque por primera vez, ¡hay algo que he tenido claro desde el primer año de carrera! He ido aprendiendo más y más en ciertas ramas de la física que ahora me fascinan y en las que no me importa dar mi tiempo independientemente de las asignaturas. No he llevado un telescopio debajo del brazo, he tardado algo más, pero al final ha llegado. ¿Para qué serviría la envidia sino para darnos cuenta de lo que queremos? 

¿Ahora qué? 
        Conseguir un doctorado consta básicamente, y en la práctica, de dos partes:
          1. Becas y contratos existentes. 
          2. Nota media del expediente. 

        Si existen pocas becas y contratos, la exigencia de una mejor nota de expediente aumentará, dando a un estudiante medio menos probabilidades. Esta es la situación actual, pocas becas y mucha competencia; no creo que haga falta explicar lo mal que está la economía, ni cómo han reducido las becas de doctorado en España y en otros países. Mi nota media es normal, pero mediocre para estos propósitos y en esta época.

        Entiendo por tanto, que mis posibilidades para lo que parece que tengo claro, son pocas, esa evaluación de nota media me perseguirá el resto de mi vida. Nota media, prioridad lógica pero no completamente útil. No se ha evaluado nuestro conocimiento ni nuestra capacidad de investigación, nos han hecho exámenes.

¿Ahora qué? 
        Mi decisión ha sido no dejar que estas perspectivas y probabilidades me impidan intentarlo, independientemente del lugar.

        He tenido muchas conversaciones con profesores, personas con más experiencia que yo, antes y durante mi decisión, algunas de las cuales me han dicho ciertas frases que me han dejado con las ganas de abandonarlo todo, irme al monte a coger ranas o a meditar sobre los fundamentos existenciales de los elefantes rosas. Un ejemplo podría ser “Con esa nota media es imposible que te den ninguna beca, bueno, imposible no, tienes un cero coma cero cero cero cero uno por ciento de posibilidades, que sería el caso de una epidemia entre los físicos.”. U otras como “Tanto tiempo queriendo hacer un doctorado, a lo mejor te deberías plantear querer otra cosa.” que me incitaban a elegir otro camino, aquel que es más fácil, más realista y más probable, pero que a pesar de todo, no es el deseado ni el anhelante. Es curioso que aquellos que piden cartas de motivación te sugieran elegir opciones menos motivadoras.
Por supuesto están los amigos que te animan, pero que te animarían hasta a cazar tiburones en una charca. Pero después están las de personas que aún siendo realistas te dicen lo que necesitas saber, porque en esta búsqueda no sólo juega la aptitud, también la actitud.

        Me gustaría compartir, para aquellos que os encontréis en mi situación, lo que por ahora es sin duda lo mejor que me han dicho:

        "Ahora todos los funcionarios que cobran (cobramos)
nuestro sueldo mensualmente te darán consejos muy realistas, has de
ser realista, no pierdas el tiempo con estas cosas y haz algo
realmente que tenga futuro... Se trata de consejos de personas que
olvidaron que han llegado a ser lo que son por su falta de realismo
inicial, porque se ilusionaron con algo que les gustaba en el momento
que debían hacerlo. Por tanto, no seas realista. Tal y como está el
patio, haz lo que te dé la gana, precisamente porque así acabarás
consiguiéndolo. Si escuchas a gente realista no vas a llegar nunca a
nada. Tienes mil muros por delante para estrellarte en ellos. Pues
estréllate, pero no dejes que los demás te digan que no lo hagas. Reza
al chino Cudeiro, pues es muy posible que encuentres puertas que
podrás cruzar en esos muros insalvables."

        Para mi es importante saber que me estrellaré, que es posible que no encuentre esa puerta, pero sobretodo, que lo estoy intentando, que estoy en la búsqueda de lo que quiero, y que por tanto, no es perder el tiempo.

¿Ahora qué?



lunes, 11 de febrero de 2013

Reviviendo historia


    Me desperté en nuestro cuarto, las dos camas formando una gran “ele”, un único escritorio, el radiocasete debajo de tu cama, un par de armarios. En el mío, con mi habitual desorden de entonces, encontré mis antiguos tesoros, mi primera Gameboy, aún no me la habían robado; un pequeño Flubber, que había conseguido en mi Happy Meal; el Yo-Yó, que me compré contigo después de que nuestro vecino se regodeara en su nuevo regalo; o los Kaos del Bollycao con los que me pasé jugando varios recreos seguidos.

    Al encontrarme allí, con 20 años menos, me pregunté qué sueño extraño era ese, pero entonces, te despertaste. La imagen tenía que ser curiosa, una niña de 10 años mirando fijamente el interior de su armario en mitad de la noche. Me mandaste a la cama, y seguiste durmiendo. Si hubiera sido unos años más tarde, en la época que empezamos a dormir separadas, te hubieras despertado con la facilidad de un pestañeo nada más levantarme de la cama, y por supuesto no te habrías podido dormir de nuevo.

    Pero lo curioso es que no estaba cansada, para mi yo seguía en un sueño, un sueño tan lúcido que decidí dar una vuelta por nuestra antigua casa. Recordar esos sucesos de mi infancia que ya no volverían, eventos que no se repetirían, que habían pasado cuando era otro ser el que vivía esa aventura, momentos que me hacían sentir diferente, anhelando, esperando y viviendo cada minuto como si fuera una de nuestras horas o días, bajando al jardín para jugar, correr, bañarme en la piscina durante horas, pasando miedo y angustias totalmente distintas a las de ahora, ¿o no era así?

    Era cierto, ya no me sentía identificada con esa niña de 10 años, con sus preocupaciones o formas de pensar, porque eso era la madurez. Pero ¿Y el miedo? El miedo es algo irracional, con el tiempo aprendemos a ignorarlo durante unos días, unas semanas, pero nos vuelve a pillar. El miedo no es algo que hagas bien o mal, pero puede confundirnos, engañarnos y paralizarnos. Rechazamos el miedo, pero este siempre vuelve, es algo perenne que lo único que hace es transformarse con las preocupaciones de ese instante.

    En esa época, siempre os tenía a ti y a los demás para ayudarme con esos miedos. Se sentía un miedo diferente, aunque fuera el mismo. Miedos que iban y venían con la velocidad que cambiaba de juego y con la lentitud que pasaban los meses.

    Toda la casa estaba en silencio, la puerta de papá y mamá cerrada, el pasillo a oscuras, un pequeño resplandor que venía del salón. No tuve dificultad para llegar hasta allí sin tropezar con nada, estaba todo más o menos como lo recordaba. Pero el salón se me antojaba un poco pequeño, tal vez por los pensamientos y sensaciones que había ido moldeando en mi cabeza a lo largo de estos años. Pero allí estaba todo, el teclado, el sofá  victoriano sobre el que me recostaba cuando alguno de nuestros hermanos estaba tocando, esas vitrinas de escayola llena de libros que mamá echo en falta cuando nos mudamos, o el sofá en el que tantas horas había pasado delante del televisor viendo los mil y un dibujos animados que ponían durante toda la mañana los fines de semana.


    Empezaba a amanecer. Hasta que el resto de la familia no se despertara no podría seguir paseándome por la casa empapándome de recuerdos, así que encendí la tele (esa que estuvo con nosotros más tiempo que nuestros últimos cinco televisores), me tumbé en el sofá y... Empezó a sonar mi móvil.